La publicidad y sus invectivas a la lengua

La publicidad y sus invectivas a la lengua

Lengua y literatura Traducción y corrección

Hace mucho que no escribo sobre errores garrafales de la lengua o pontapés na gramática, que dirían los lusofalantes.

Los publicistas constituyen uno de esos gremios que deberían, a mi juicio, documentarse un poco y desempolvar sus libros de BUP antes de acometer creaciones que luego los hispanohablantes de a pie nos encontramos en formato XXL en los paneles publicitarios de las autovías.

Un primer gran error garrafal a que me refiero fue un anuncio que durante más de un verano estuvo circulando por marquesinas, quioscos y revistas. Era un anuncio de Ron Bacardi, que animaba a la fiesta y a la algazara en compañía de un buen cubata, y que, tal y como lo recuerdo, leía así:

“Viva el verbo salir en todas sus conjugaciones”

Y yo me pregunto entonces: “¿Es que acaso el verbo salir tiene más de una conjugación?” Que yo sepa, solo pertenece a una, que es la tercera, o la de los verbos acabados en -ir. Seguramente quien salió con esta idea se refería al verbo salir en todas sus formas verbales o en todos sus tiempos verbales. Creo que no hay que ser necesariamente filólogo para saberlo; basta con estar en primero de la ESO.

Un segundo gazapo tiene que ver con los acentos. Constantemente encuentro por todos sitios el pronombre escrito con tilde. Me parece que es un error en cierta manera justificado, porque muchos hablantes (y escribientes) realizan una analogía con el pronombre y escriben esa tilde donde no procede. La analogía y el saber popular son los que, al fin y al cabo, han hecho a menudo evolucionar la lengua hacia una dirección u otra*. En el registro informal y familiar la analogía está detrás de muchos improperios, como el de añadir una ese a la segunda persona del singular en el pretérito indefinido (dijistes), por semejanza con formas de segunda persona del singular en el resto de tiempos verbales (dices, digas, decías, dijeses). Sin embargo, y aunque este tipo de errores llegue a sistematizarse y a asumirse como correctos (porque así funciona la lengua, queramos o no), dijistes sigue siendo un vulgarismo que hay que evitar, como lo sigue siendo .

Además de estos gazapos, vengo observando ciertas incongruencias en los nombres con que últimamente se bautizan centros de ocio, centros comerciales, productos alimenticios y otras marcas. Puedo hablar, por ejemplo, de un centro de mi ciudad madre, que se llama Malaga Nostrum, en primer lugar, porque me parece de una simpleza como una catedral poner nombres en latín a diestro y siniestro y de una manera tan poco sutil, emulando el mare mostrum de los romanos como la primera expresión latina que hay a mano. Es verdad que los que ponen nombres a empresas suelen recurrir al latín para darle un poco de pedigree a la marca que quieren vender. Solo hay que pensar en Audi y Fiat (formas verbales, oí y hágase), por mencionar ejemplos automovilísticos, Sanitas o Caritas (dos palabras de la tercera declinación, sanidad y caridad) u otros como Aquarius, Magnum, Nivea y otros miles. Ahora bien, recurrir al latín de manera tan burda me parece que no es lo mejor para bautizar un nuevo centro de consumo desmedido. Además, existe una tendencia muy generalizada a pensar que con añadir -um a una palabra, esta se convierte automáticamente en latina. Y yo vuelvo a preguntarme: “¿No sería más lógico que el centro se llamase Malaga nostra?” Más que nada porque Málaga (o Malaca, en época romana) acaba en -a y con toda probabilidad es una palabra de la primera declinación, que debe llevar su adjetivo correspondiente femenino singular de la primera.

Algo parecido ocurre con el archipopular mezclum, rey de las bolsas de ensaladas, que ahora están hasta en la sopa. Poner mezcla, a secas, debe de quedar muy soso, pero no creo que mezclum sea un nombre muy adecuado cuando:

1. En latín no existía la letra z.

2. Mezcla “me da” como que, por ser, sería una palabra también de la primera declinación (más que nada, porque en las otras cuatro declinaciones no había nominativos singulares acabados en -a), con lo cual, nunca podría acabar en -um salvo en genitivo plural, y no creo que nadie elija un genitivo singular ni plural para bautizar su negocio, ¿no? A no ser que hablemos de la versión genitiva de Peluquería Pepe’s o Papelería Ana’s, como una que, de hecho, había en Málaga a la salida de mi colegio junto a Gracita la gran vendedora de chuches.

En fin, que el latín es un recurso fácil, pero, como en todo, hay que usarlo con moderación y sabiendo lo que se dice. No es que yo sea una latinista ni mucho menos. Me quedé en mis dos años de latín del colegio, más otro año de latín en la carrera de filología, pero, lo que sí sé, es que, si no sé, pediría consejo a algún amigo más versado que yo en la lengua de Virgilio.

* Por eso hoy decimos soy, y no , como decían los caballeros del Cid. Y es que soy sigue a estoy, y sigue a voy, y voy no es otra cosa que la forma de primera persona vo + y (algo así como “voy allí”), una y que, por cierto, es hermana de la y francesa, en expresiones como j’y vais o j’y viens.

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La mejor ortografía jamás soñada

La mejor ortografía jamás soñada

Entresijos de la lengua Lengua y literatura Sugerencias para estudiantes

Recuerdo que un profesor que tuve de historia del español en la carrera nos dijo un día en clase: “tenemos una ortografía que no nos la merecemos”. A mí me hizo mucha gracia la ocurrencia, pero pensé también que tenía más razón que un santo, y que, en esto sí, debemos muchísimo a la Real Academia Española.

La jovencísima Real Academia de la Lengua desempeñó una encomiable labor allá por el Siglo de las Luces, llevando a cabo una sustancial reforma que adaptó a la escritura todos los cambios fonológicos que se habían producido a lo largo de la infancia del castellano. Intentaron regularizar allí donde había irregularidades. Así, por ejemplo, dixo dejó de escribirse dixo para ser dijo (puesto que ya se pronunciaba como una velar fricativa sorda y no como una prepalatal fricativa sorda).

El resultado fue una ortografía clara y transparente, donde por lo general a cada sonido le corresponde una grafía. Nada que ver, por ejemplo, con el inglés ni con el francés, que tienen sin duda ortografías mucho más conservadoras y difíciles y apegadas a la tradición.
En suma, podemos estar orgullosos de que la Academia por aquel entonces decidiera hacer tan modernas reformas, que han hecho de nuestra lengua todo un primor ortográfico. Sin duda, como dijo aquel profesor mío, tenemos una ortografía que no nos la merecemos de buena